OBISPO GOIC

POR UN MUNDO MAS HUMANO Y MAS JUSTO
Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia
INTRODUCCION:
Un saludo muy fraterno a todos. Agradezco muy sinceramente la invitación a participar de este encuentro. Quiero exponer en cuatro puntos la reflexión que titulo “Por un mundo más humano y más justo”.
I. EL APORTE QUE REPRESENTA EL COMPENDIO DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA:
Con fecha 2 de abril de 2004 se hizo la presentación del documento “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia”, por encargo del Santo Padre Juan Pablo II. Su autoría es del Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, que preside el cardenal italiano Renato Martino. Se trata, básicamente, de una exposición sintética, pero exhaustiva, de lo que ha sido en más de cien años la elaboración de la enseñanza social de la Iglesia. Un propósito inicial es “sostener y animar la acción de los cristianos en el campo social, especialmente de los fieles laicos...”
¿Cuál es el aporte de este documento?
Lo que constituye el aporte de este documento y su significado lo graficamos, en los siguientes puntos:
1. El Compendio ayuda a descubrir “los principios de reflexión, los criterios de juicio y las directrices de acción como base para promover un humanismo integral y solidario”
En efecto, este documento ilumina acerca de las líneas fundamentales de la Doctrina Social y contribuye a relacionar esta Doctrina con el desafío siempre vigente de la evangelización.
2. El Compendio entrega de manera completa, sintética y sistemática los elementos teológicos, filosóficos, morales, culturales y pastorales más relevantes” de la Doctrina Social, constituyendo un fiel reflejo del rico patrimonio magisterial de la Iglesia y es a la vez un profundo estímulo para el compromiso de la Iglesia con los hombres y con el mundo.
Las enseñanzas recopiladas en este Compendio corresponden a una gran diversidad de documentos, de distintos niveles del Magisterio, pero en cada país y lugar se deberán aplicar estas enseñanzas de acuerdo a las propias y específicas realidades.
3. Pero como el contenido de la Doctrina Social es tan amplio y complejo, este Compendio entrega una visión de conjunto de ella. No es un simple agregado de documentos, sino una manera comprensiva y abarcadora de presentar este Magisterio. Sólo así será posible entender estas orientaciones de modo que logre relacionar unos problemas con otros y que se puedan encontrar las conexiones entre las diversas situaciones que atañen al ser humano. El resultado será la presentación de una auténtica y coherente visión del hombre y no una “colección” relativamente articulada de una gran cantidad de textos.
4. El trabajo que ha hecho la Comisión Pontificia de Justicia y Paz no se quede solamente en actualizar la palabra magisterial de manera brillante. Se busca, principalmente, ofrecer esta palabra como un instrumento para el actuar concreto del hombre en la sociedad civil, en sus distintos ámbitos. La finalidad buscada es la de entregar una pauta concreta de acción con implicancias morales y pastorales. Como lo dice el mismo documento: es una guía que inspira los comportamientos y opciones concretas de las personas en los ámbitos individuales y colectivos, que puedan conducir a compromisos nuevos que respondan “a las exigencias de nuestro tiempo, adaptado a las necesidades y los recursos del hombre”
Igualmente, el documento se valora como una fuente de inspiración para el diálogo entre todos aquellos que quiera abocarse con esfuerzo y sinceridad a la búsqueda del bien del ser humano.
5. La Iglesia, servidora del mundo y de los hombres según el sentir del Concilio
Vaticano II, entrega este esfuerzo sintético magisterial a toda la humanidad, partiendo por los Obispos, primeros formadores del pueblo de Dios, pero también a quienes complementan esta acción eclesial: sacerdotes, religiosos, religiosas, fieles laicos, comunidades cristianas y formadores en general. No obstante lo anterior, tampoco quedan fuera de este servicio los fieles de otras Iglesias y Comunidades Eclesiales, seguidores de otras religiones y hombres y mujeres de buena voluntad que busquen servir y amar de la mejor manera a todo el ser humano, en los distintos ámbitos de la acción social y en todos los rincones del mundo, contribuyendo al bien común de todos. La gran riqueza de este ofrecimiento que hace la Iglesia con este Compendio tiene una doble faceta:
a. Es una contribución tanto a la reflexión doctrinal como al ámbito
práctico.
b. Se orienta hacia “una colaboración cada vez más estrecha en la promoción de la justicia y de la paz”.
Finalmente, podemos afirmar junto al cardenal Martino, que este Compendio quiere ser “un instrumento para alimentar el diálogo ecuménico e interreligioso (puesto que) la doctrina social tiene un destino universal además del primario y específico dirigido a los hijos de la Iglesia”
II. ¿POR QUE LA IGLESIA TIENE UNA DOCTRINA SOCIAL?:
La Doctrina Social de la Iglesia (en adelante DSI), es parte integrante de lo que ella anuncia acerca del hombre y de la sociedad. Esto lo vemos claramente desarrollado en diversos documentos o pronunciamiento de la Iglesia o de sus pastores.
1. Concilio Ecuménico Vaticano II:
“El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época…el cristiano que descuida sus obligaciones temporales, falta a sus obligaciones con el prójimo y con Dios mismo, y pone en peligro su salvación eterna”
2. Juan Pablo II en Chile:
“Rezaremos unidos y comunitariamente trataremos de hacer que el mensaje del divino Redentor penetre en nuestras vidas y en las estructuras de la sociedad para transformarlas según el plan de Dios”
Para los creyentes, la DSI constituye una mediación necesaria cuando desea poner en práctica las exigencias y el espíritu del Evangelio en su acción social, económica y política. Los no creyentes pueden encontrar en ella una valiosa orientación. En efecto, la DSI nace:
· A la luz de la Palabra de Dios (Palabra revelada).
· A la luz de la Tradición (Palabra vivida).
· A la luz del Magisterio auténtico (Palabra enseñada).
Podemos definir la DSI como el conjunto de criterios que la Iglesia propone a partir del Evangelio parta orientar el discernimiento de los creyentes en una situación social determinada.
“La DSI no es, pues, una tercera vía entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología, sino la cuidadosa formulación de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece al ámbito de la ideología, sino de la teología y, especialmente, de la teología moral”.
La Iglesia propone una DSI consciente de que la misión propia de Cristo le confió no es de orden político, económico o social, sino de orden religioso, pero considerando al mismo tiempo que a partir de esa misión se derivan luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana, según la ley divina.
La DSI no constituye un todo definitivamente elaborado de una vez y para siempre. Hay en ella una continuidad -los principios fundamentales- y un proceso permanente conforme a su comprensión de los signos de los tiempos.
La DSI no es un apéndice agregado a la fe, sino que es parte integral de la herencia del Pueblo de Dios. Hunde sus raíces en la Creación, en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento, en la Tradición y en la vida de la Iglesia (los Santos Padres, Concilios, Sínodos, Encíclicas, la obra de creyentes destacados, los santos de toda la historia, etc.).
Sólo a modo de ejemplo, y como una manera de motivar en ustedes una lectura posterior más atenta y dedicado, ofrezco algunas referencias que inspiran esta rica herencia acumulada en la vida de la Iglesia:
a. Palabra revelada:
Génesis 1, 26;
Exodo 22, 22-27;
Isaías 58, 2-8;
Mateo 5, 1-12;
Mateo 25, 31-46;
Santiago 5, 1-6.
b. Palabra vivida:
Los Padres de la Iglesia, principalmente San Basilio de Cesarea, San Juan Crisóstomo y San Ambrosio de Milán
c. Palabra enseñada:
c.1. Encíclicas sociales:
* “Rerum Novarum” (15 de mayo de 1891);
* “Quadregesimo anno” (15 de mayo de 1931);
* “Mater et magistra” (15 de mayo de 1961);
* “Pacem in terris” (15 de abril de 1963);
* “Populorum progressio” (26 de marzo de 1967);
* “Laborem exercens” (14 de septiembre de 1981);
* “Sollicitudo rei socialis” (30 de diembre de 1987);
* “Centesimus annus” (1 de mayo de 1991).
c.2. Concilio Ecuménico Vaticano II :
* “Gaudium et spes” (Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual).
c.3. Episcopado de América Latina:
* Segunda Conferencia. Medellín (1968).
* Tercera Conferencia. Puebla (1979).
* Cuarta Conferencia. Santo Domingo (1992).
III. ALGUNOS PRINCIPIOS FUNDAMENTALES QUE SEÑALA EL COMPENDIO Y QUE INSPIRAN EL COMPROMISO SOCIAL DE LOS CRISTIANOS Y PERSONAS DE BUENA VOLUNTAD:
Estos principios tienen su fundamento último en Dios, pues “la gloria de Dios es que el hombre viva”. Son principios inspiradores para la construcción de un mundo más humano y más justo.
a. La centralidad de la persona humana:
La Doctrina Social de la Iglesia, y en particular las enseñanzas del Concilio Ecuménico Vaticano II, destacan que el fundamento y el fin de la convivencia política entre los hombres y entre las naciones es la persona humana. El punto de partida de este fundamento son los atributos con los que Dios ha creado al hombre: su dignidad, su libertad y su inteligencia. En efecto, la racionalidad propia del ser humano, y el ejercicio de su voluntad, conducen a la capacidad y a la responsabilidad que le cabe al hombre en la definición, formulación y ejecución de los proyectos que le dan sentido a la humanidad, en particular aquellos que tienen que ver con el bien común y con el progreso, el bienestar y la felicidad del ser humano. En este sentido le corresponde un lugar privilegiado a los proyectos políticos y a los esfuerzos por mejorar las condiciones de vida humana y de convivencia entre las personas, las sociedades y los Estados.
“Profesamos, pues, que todo hombre y toda mujer por más insignificantes que parezcan, tienen en sí una nobleza inviolable que ellos mismos y los demás deben respetar y hacer respetar sin condiciones: que toda vida humana merece por sí misma, en cualquier circunstancia, su dignificación”
b. La importancia de la vida y de los valores del pueblo:
El querido y recordado Beato Juan XXIII afirmaba en su Encíclica “Pacem in terris” de 1963 que la sociedad humana debe ser entendida principalmente a partir de su dimensión espiritual, en el que la vida y los valores de las personas tienen sus mejores y más bellas expresiones: la verdad, la comunicación, la belleza, los bienes del espíritu, entre otros. Estos aspectos, a su vez, se manifiestan de manera especial en los ámbitos de la economía, la cultura, la política, la justicia y la ciencia. ¡Cómo no valorar todas estas expresiones de la capacidad humana si ellas apuntan a lo mejor de la convivencia social y el progreso humano!
c. El respeto a los derechos y el cumplimiento de los deberes:
Una enseñanza enfatizada por el mismo Papa Bueno, y recordada por Juan Pablo II e incorporada en el Catecismo de la Iglesia Católica, alude a “la tutela y a la promoción de los derechos fundamentales e inalienables del hombre” .Este respeto debe ser la obligación fundamental de todo poder político, aplicado especialmente a las familias y a los más desprotegidos.
Punto de referencia inevitable en este sentido es el valor del Bien Común, que es considerado principalmente como el mejor modo de defender los derechos y los deberes de las personas. Es así como lo reafirma el Magisterio de la Iglesia: “El ejercicio de los derechos políticos está destinado al bien común de la nación y de toda la comunidad humana”
A la par con lo anterior, no pueden entenderse los derechos sin su correlato en los deberes de las personas. Desde San Pablo en adelante ha existido una rica enseñanza respecto al lugar que ocupan los deberes en la organización de la humanidad. Es en la correcta armonía entre derechos y deberes donde se encuentra expresada la auténtica libertad humana. Un deber primordial de los seres humanos es “cooperar con la autoridad civil al bien de la sociedad en espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad”
d. La búsqueda del bien común y de la promoción humana integral:
Recurro ahora a la sabiduría de Santo Tomás de Aquino, quien consideraba la necesidad de que cada persona deba disfrutar de sus propios bienes y de sus propios derechos, como la medida mínima del amor
Siguiendo al recientemente publicado “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia”, podemos afirmar que la promoción integral de la persona y la búsqueda del bien común son los fundamentos más sólidos para la construcción de toda comunidad humana.
Lo anterior conduce a una conclusión, que no por ser exigente deja de ser estimulante: el hombre necesita proyectarse en las dimensiones de la gratuidad y de la donación, porque es la mejor manera de responder a la mayor plenitud humana y a su vocación comunitaria.
e. El valor de la amistad cívica y de la fraternidad humana:
Pero se requiere dar un paso más allá de estos valores a los que me he referido en los puntos anteriores. Es el momento de la aplicación de la voluntad humana y de la bondad que Dios ha querido colocar en cada ser humano. Es aquí donde tiene lugar y significación la amistad cívica y la fraternidad humana. El Catecismo de la Iglesia otorga aquí el espacio a las más bellas facetas del ser humano: el desapego a las cosas, el desinterés en sus acciones, la capacidad de entregarse a los demás, la disponibilidad para con los otros, la atención y el respeto al prójimo, la justicia en las relaciones con las personas, los deseos más nobles de justicia y fraternidad entre todos.
f. La exigencia evangélica de la caridad y de la sana convivencia humana:
Las relaciones más fraternas y comunitarias conforman una justificada finalidad en sí misma en el seno de la organización humana. Es un auténtico modelo de convivencia entre las personas y un estilo de vida propio del ser humano.
Aquí son más elocuentes las palabras de los Padres Conciliares reunidos en el Vaticano Segundo, quienes se expresaban así en la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual: “La mejor manera de llegar a una política verdaderamente humana es desarrollar el sentido íntimo de la justicia, de la bondad y del servicio al bien común, robustecer las convicciones fundamentales sobre la verdadera índole de la comunidad política y su finalidad, como también sobre el recto ejercicio y los límites de la autoridad política”
g. La orientación de la autoridad política dirigida hacia el servicio al pueblo:
Ciertamente que el sujeto del ejercicio de toda autoridad política es el pueblo. Sin éste, no tiene sentido ninguna acción directora o conductora del quehacer humano. Por lo tanto, el titular de la soberanía siempre es el mismo pueblo. Pero como el pueblo no puede ejercer todos sus derechos ni realizar la totalidad de las actividades humanas, debe necesariamente delegar en ciertas personas el ejercicio de su soberanía, a través de elecciones y decisiones libres, que recaerán entonces en estos representantes de su soberanía, conservando ciertas garantías: controlar las acciones de los gobernantes, sustituir a quienes no ejerzan adecuadamente esta delegación, renovar periódicamente y de manera informada a sus delegados y participar de modo activo y consciente en estos procedimientos cívicos.
Ha sido una constante en la enseñanza social de la Iglesia recalcar la primacía del hombre en la organización de la comunidad humana, incluyendo el actuar de las autoridades políticas.
En síntesis: toda autoridad tiene su fundamento en la naturaleza humana y es necesaria para la unidad de la sociedad, en cuanto debe ser capaz de asegurar el bien común y el bienestar del pueblo, aunque toda autoridad deba reconocer su sujeción al orden moral que proviene de Dios.
h. El aprecio de la democracia como garantía del respeto a la dignidad humana:
En este momento será mejor las palabras del querido y prolífico Papa Wojtyla, que en su encíclica que conmemoraba los cien años de “Rerum Novarum”: “La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado. Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la “subjetividad” de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad”.
Es clara la fuerte valoración que los Papas recientes, y toda la Doctrina Social, hacen respecto de la democracia, inspirada en el respeto a la dignidad humana; y el mismo papel de la democracia como criterio regulador de toda la vida política.
i. El compromiso de los laicos frente a los pobres y la exigencia de la justicia:
Jesucristo cumple en su Persona el designio de amor de Dios sobre los hombres, y de una manera particular sobre los pobres, tal como lo leemos en el episodio de su presentación en la sinagoga, leyendo al Profeta Isaías. Es el anuncio de la liberación y de la proclamación de la Buena Nueva a los pobres y cautivos. El mensaje del Evangelio está estrechamente vinculado a la preferencia por los pobres, ya desde el inicio de la vida pública de Jesús. Pero ya existía un antecedente de esta opción, como lo vemos expresado en el bello Canto del Magníficat: los poderosos son derribados de sus tronos, los humildes son exaltados, los hambrientos son colmados de bienes, los ricos son despedidos con las manos vacías, los soberbios son dispersados. El Papa Juan Pablo II en su encíclica “Redemptoris Mater” expresa muy certeramente que es imposible separar la verdad sobre el designio salvador de Dios con este amor preferencial por los pobres y los humildes, que es una opción irrenunciable de la Iglesia de todos los tiempos, y que se manifiesta de manera particular también en nuestra Iglesia en América Latina y en nuestro país.
Precisamente uno de los objetivos de esta Doctrina Social es su tarea de denuncia del pecado y del mal, especialmente cuando se trata de la injusticia y de la violencia que sufren los más pobres y los desposeídos, los más pequeños y los débiles, cuando sus derechos se ven violados e ignorados. Si lo anterior conduce a los abusos y los desequilibrios en la relación entre los hombres, la Iglesia alza su voz con mayor razón y con mayor fuerza, porque su Doctrina Social se orienta hacia una sociedad reconciliada en la justicia y en el amor.
La Iglesia recorre el camino del hombre, porque el mismo Cristo ha querido hacer dicho recorrido, en particular con los pobres y los que sufren. También Pablo VI enseñaba en “Octogesima adveniens” que “los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los demás”.
Por último, el Compendio sintetiza de muy buena manera la preocupación central de la Iglesia por los más débiles, al afirmar que “el amor de la Iglesia por los pobres se inspira en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús y en su atención por los pobres. Este amor se refiere a la pobreza material y también a las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa” . Una conclusión práctica y pastoral se deriva lógicamente de esta preocupación: “el compromiso político es una expresión cualificada y exigente del empeño cristiano al servicio de los demás”
j. La centralidad del trabajo y de la persona del trabajador:
Juan Pablo II, en su carta encíclica sobre el trabajo humano destaca dos grandes pilares sobre los cuales deben construirse las relaciones laborales:
1. La primacía del trabajador:
Lo que verdaderamente importa es el sujeto del trabajo. Es decir, el hombre y la mujer que realizan el trabajo es lo primero, lo más valioso y lo más sagrado. El primer fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo. Un trabajador vale, no por lo que produce, que puede ser de gran o poco valor, según sean sus talentos, la educación adquirida y los medios o capitales a su disposición. En afirmación de Juan Pablo II: “El trabajo está en función del hombre y no el hombre en función del trabajo”
2. La prioridad del trabajo frente al capital:
El ser humano, todo ser humano, cualquier ser humano, vale más que todos los bienes de este mundo. Así lo sentencia Juan Pablo II: “El capital está en función del trabajo y no el trabajo en función del capital”.
La vida del ser humano es así un bien absoluto y la propiedad es algo relativo y subordinado. La única propiedad legítima es sólo aquella que sirve y hace posible este derecho a la vida.
Así dice el Papa: “(Los medios de producción) no pueden ser poseídos contra el trabajo, no pueden ser siquiera poseídos para poseer, porque el único título legítimo para su posesión es que sirvan al trabajo y hagan así posible el destino universal de los bienes y el derecho a su uso común”.
De este principio derivan normas de distribución que privilegian el salario del trabajo con respecto a la recompensa del capital.
k. La solidaridad como actitud de vida fundamental:
El valor de la solidaridad que requiere el desprendimiento de los bienes merece especial atención, porque la mayor parte de los impedimentos para crear comunión en la convivencia humana, se relaciona con el campo económico.
La enseñanza de los Padres de la Iglesia se puede expresar en esta expresión: “La naturaleza, tal como Dios la creó, no hizo ricos y pobres. Nuestros bienes nos vienen de Dios, por lo tanto son del uso para todos”.
Juan Pablo II en Chile sostuvo con fuerza: “Mi llamado, pues, toma la forma de un imperativo moral: ¡sean solidarios por encima de todo… La solidaridad, como actitud de fondo implica, en las decisiones económicas, sentir la pobreza ajena como propia, hacer carne de uno mismo la miseria de los marginados y, a la vista de ello, actuar con rigurosa coherencia”.
Este es uno de los grandes desafíos de la hora presente: construir una economía solidaria, o como dice Juan Pablo II: “globalizar la solidaridad”. Los pobres no son cifras ni porcentajes. Son hijos de Dios, igual que nosotros. Son hermanos nuestros, y en el atardecer de la vida seremos juzgados por el amor efectivo hacia ellos.
Es necesario recuperar el sentido cristiano de los bienes. Los bienes por su origen y por su fin pertenecen a toda la humanidad. Las personas sólo pueden administrar algo de lo que no deben apropiarse de manera egoísta y arbitraria, sino que han de servir a la comunidad fraternalmente.
IV. MIRADA A NUESTRA REALIDAD NACIONAL A LA LUZ DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA:
Quiero expresar siete breves reflexiones concretas frente a lo dicho anteriormente:
1. La necesidad de estudiar y profundizar la Doctrina Social de la Iglesia:
Todo cristiano católico, fiel a Jesucristo y al Evangelio, y particularmente quienes tenemos responsabilidades en el variado tejido social de la vida nacional, tenemos el deber moral de estudiar a fondo las grandes Encíclicas Sociales, documentos afines y, de manera particular, el “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia”. Es hora de restaurar en todas las Diócesis de Chile la celebración anual y permanente de las Semanas Sociales.
2. La coherencia de la Iglesia y de sus hijos en la vivencia de la Doctrina Social
de la Iglesia:
Al interior de la vida de la Iglesia, y de cada creyente, estamos llamados a vivir lo que proclamamos en auténtico respeto y dignificación de cada persona humana, en un ejercicio de la autoridad como servicio, nunca como dominio.
La Iglesia y sus hijos deben ser pioneros en darles a los pobres no sólo un lugar, sino un espacio de privilegio, donde sus palabras y sus demandas resuenen y sean acogidas con amor.
3. “En camino al Bicentenario”:
Estudiar este documento de trabajo de la Conferencia Episcopal de Chile (editado en septiembre de 2004) debe ser un estímulo para un amplio debate, que pueda arrojar nueva luz sobre los temas que nos preocupan como país.
La reciente declaración de la Conferencia Episcopal de abril de 2005 titulada “Hemos visto al Señor” va en esta línea. Agradecemos a Dios y a todos los que han hecho posible el crecimiento real del país y su democratización y desarrollo sostenido. A la vez los invitamos a superar de cara al futuro las diferencias sociales, a veces escandalosas, en una búsqueda de compatibilizar el crecimiento económico con una mayor equidad y solidaridad. “Los pobres no pueden esperar” , nos dijo en una frase memorable el Papa Juan Pablo II en Chile. Añado: “¡¡¡Viven una sola vida!!!”
Es necesario también, en el contexto pre-eleccionario que vivimos en este tiempo, “ejercer, con responsabilidad cívica madura, el propio juicio crítico y evangélico frente a las diferentes propuestas de gobierno de los candidatos, las que deben ser encaminadas a promover el bien común en las familias, la educación, los pueblos indígenas, etc., especialmente de los más desvalidos. En este sentido, nos parece sano para el país, que los candidatos presenten clara y oportunamente sus proyectos de gobierno, para que los ciudadanos puedan discernir convenientemente su voto”
En los acápites que vienen a continuación, permítanme transcribir algunos extractos de la homilía que pronuncié en la Catedral de Rancagua con ocasión de la reciente celebración del Día Internacional del trabajador.
4. Hacia una economía solidaria:
“Las grandes utilidades obtenidas por un gran número de empresas, permite pensar que hay posibilidades reales de mejorar la situación de los salarios. De llegar a una más justa retribución de los ingresos.
Mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, especialmente de los más pobres, aparece como prioritario, dada las condiciones en que viven actualmente una gran cantidad de hermanos nuestros y así mismo para colaborar en la necesaria estabilidad social.
Cada día se hace más necesario avanzar decididamente hacia una distribución de los ingresos más justa y equitativa, atenuando diferencias, que en algunos casos resultan crueles y escandalosas.
¿Cómo hacerlo? En diálogo franco y sincero entre empresarios, trabajadores, autoridades. Es necesario llegar a acuerdos que permitan cambios y que mejoren la situación de grandes grupos humanos. Es fundamental una actitud nueva en el corazón. El ponerse realmente en el corazón de los más pobres y preguntarse si uno podría vivir, con un mínimo de dignidad, con los ingresos mensuales que tienen miles de familias de nuestro pueblo. Es necesario tener un corazón solidario. Equilibrar el sano desarrollo del País y su crecimiento económico, con salarios dignos, continúa siendo un gran desafío. Será posible transformarlo en una realidad hermosa, cuando todos nos pongamos en el lugar de los más pobres.
Juan Pablo II sostiene que los empleos y salarios dignos son la mejor manera de verificar, de manera concreta, la justicia de todo el sistema económico-social”
5. Hacia una organización dignificadora de personas:
Con ocasión de la misma homilía, el Obispo que les habla recalcaba: “Los sindicatos son un elemento indispensable de la vida social. Deben ser un exponente “de la lucha por la justicia social, por los derechos de los hombres de trabajo, según las distintas profesiones”.
No se trata de una lucha contra los demás, “ni de una lucha para eliminar al adversario”, ya que el trabajo tiene como característica propia que, antes que nada, una a los hombres, y en esto consiste su fuerza social: la fuerza de construir una comunidad.
Los sindicatos, en su tarea, no pueden olvidar la situación económica general del país, ni transformar sus exigencias en una especie de egoísmo de grupo. Sobre todo los sindicatos con mayor organización y capacidad deben mirar a sus hermanos trabajadores más desposeídos. Las organizaciones sindicales no deben aceptar ser convertidas en simples instrumentos de las luchas ideológicas o políticas, perdiendo su independencia. Ayuda a la construcción del tejido social que sus diversas organizaciones conserven su identidad propia y específica.
Un sindicalismo auténtico será el mejor factor para integrar a los trabajadores en las organizaciones que defiendan con verdad sus legítimos derechos. Es de alentar todos los esfuerzos de unidad que se realizan en la organización de los trabajadores”.
6. Hacia una humanización del trabajo:
Continué afirmando ese día, en que se reunía la comunidad diocesana de Rancagua para la Fiesta de San José Obrero: “Si la persona es lo primero, si el trabajo es un valor que lo dignifica, es necesario también recordar otro gran valor relacionado con el trabajo: el descanso, el ocio.
Hay trabajadores que prácticamente nunca descansan. Hay estructuras de trabajo que esclavizan y que hacen perder dimensiones profundas del ser humano. La producción de bienes no puede transformarse en un absoluto, al que se sacrifica todo.
No nos cansaremos nunca de decirlo: el ser humano es lo primero. Sin el ocio, el descanso, no se puede nutrir el amor matrimonial, falta tiempo para el desenvolvimiento de las relaciones entre padres e hijos, y para los compromisos con otros grupos importantes: otros miembros de la familia, la comunidad de amistades, la comunidad cristiana y la santificación del Día del Señor, el barrio, las organizaciones sociales, deportivas, culturales, religiosas, etc.….
En mi peregrinar de pastor me encuentro con tantos hombres y mujeres, cansados y fatigados, sin tiempo ni posibilidad para vivir otras dimensiones de la vida humana. Sin tiempo para vivir el desarrollo del espíritu humano, especialmente en las dimensiones de fe y en la santificación del día Domingo. El trabajo debe liberar, nunca esclavizar. Este es un aspecto fundamental que deben tomar en cuenta dirigentes sindicales y empresarios, Estado y organizaciones sociales. La persona humana es lo primero”.
7. Canonización del Padre Alberto Hurtado:
A partir del 23 de octubre de 2005 podemos rezar: San Alberto Hurtado, ruega por nosotros.
¡Cuánto tiene que decirnos hoy el Beato Alberto Hurtado, conocer su pensamiento! ¡La coherencia entre su ser, su decir y su hacer es admirable!
Sólo un pensamiento del Padre Hurtado, muy coherente con toda esta exposición: “Es más fácil ser benévolo que justo; pero la benevolencia sin justicia no salvará las distancias enormes entre la riqueza y la pobreza. Muchas obras de caridad puede ostentar nuestra sociedad, pero todo ese esfuerzo de generosidad no logrará reparar los daños de la injusticia…Dejemos que con justicia se ponga orden en la casa, después vendrá la generosidad que deberá suplir lo que la justicia no ha podido entregar”.
V. CONCLUSION:
INSTRUMENTO SOLIDARIO
Señor, haz de mí un instrumento de tu solidaridad.
Donde haya hambre, que yo regale tu pan
y enseñe a conseguirlo honradamente.
Donde haya enfermedad y falta de higiene,
que yo promueva la sanidad.
Donde haya niños desescolarizados,
que yo busque los recursos necesarios.
Donde no haya techos o estén rotos,
que yo trabaje por viviendas dignas.
Donde haya desaliento e inhibición,
que yo fomente la participación y la esperanza.
Donde haya desunión entre vecinos,
que yo impulse la colaboración comunal.
Haz que no busque mi vanidad,
sino el bien de mis hermanos;
que no trabaje por mi reconocimiento,
sino por su desarrollo material y espiritual;
que no promueva el agradecimiento hacia mí,
sino su dignidad;
y que mi satisfacción consista
en haber amado con obras.
Gracias, Señor, porque cuanto más doy, más recibo;
cuanto más trabajo, más ayudo;
cuanto menos me busco a mí mismo, más eficaz soy;
y cuanto más comparto con los pobres,
más resucitas Tú en mí,
porque Tú eres…”la Solidaridad”.
Valparaíso, 6 de junio de 2005
+ Alejandro Goic Karmelic
Obispo de Rancagua
Presidente de la Conferencia Episcopal
